Los medios de comunicación distorsionaron la imagen del movimiento emo, presentándolo como algo superficial o peligroso.
Esa mirada reduccionista convirtió la tristeza en espectáculo y la vulnerabilidad en caricatura.
Según Erving Goffman (1963), ser emo implicó cargar con un estigma social, una marca negativa frente a las normas de felicidad obligatoria.
Los emos fueron vistos como una anomalía emocional, una amenaza al ideal de éxito y alegría.
Frente a la burla mediática, el movimiento se refugió en los espacios digitales (foros, blogs, Fotologs), donde la tristeza fue un lenguaje compartido.
Allí, la vulnerabilidad se transformó en comunidad y el estigma en identidad.
Margulis y Urresti señalan que la juventud es una construcción cultural moldeada por los discursos del poder y los medios.
Los medios no escucharon a los jóvenes: los narraron desde afuera, como problema o rareza.
Siguiendo a Stuart Hall, los emos convirtieron el rechazo en resistencia simbólica: lo que la sociedad ridiculizó, ellos lo transformaron en arte y unión.
Su mensaje final fue claro: sentir no es debilidad, es libertad.