Margulis y Urresti (1998) sostienen que la juventud es una construcción social, no una etapa biológica.
Existen múltiples juventudes, determinadas por el contexto, la clase social y la época.
Introducen el concepto de moratoria social: el tiempo que algunas clases pueden dedicar a explorar antes de asumir responsabilidades adultas.
Esa moratoria está marcada por la desigualdad: no todos los jóvenes pueden “esperar” ni experimentar del mismo modo.
En la Argentina post-2001, la crisis económica disolvió esa moratoria para muchos jóvenes: el futuro se volvió incierto.
En ese contexto, las tribus urbanas, y en especial el movimiento emo, ofrecieron una moratoria simbólica: un espacio para sentir, pertenecer y expresarse.
El emo fue una forma de resistencia emocional, una juventud vivida desde la sensibilidad en lugar del éxito.
Representó un territorio afectivo donde una generación sin certezas encontró sentido, comunidad y vida.