La crisis del 2001 dejó una marca profunda en la Argentina: desempleo, pobreza y desconfianza generacional.
Los jóvenes crecieron entre el recuerdo de los cacerolazos y el grito de “que se vayan todos”.
En ese clima, el movimiento emo ofreció una respuesta emocional al desencanto, no política.
Habló del dolor, el miedo y el vacío, convirtiéndolos en identidad compartida.
Bandas internacionales como My Chemical Romance se mezclaron con grupos locales como Infierno 18, El Otro Yo y Airbag.
Plazas, shoppings y redes como Fotolog y MySpace fueron espacios de encuentro y expresión.
El emo transformó la tristeza en orgullo y el dolor en sentido colectivo.